
Alter Economías


“no somos los dueños del territorio, pero mientras nosotros estemos en el territorio somos sus administradores”
Una entrevista a Miguel Fajardo sobre alter economías
¿Cómo ves el tema de la economía después de la crisis sanitaria por el COVID 19? ¿cuáles serían los aspectos positivos que destacas si es que hay y cuáles son los desafíos?
Pues tiene bastantes consecuencias sobre la actual situación de nuestra vida, de la vida de los seres humanos. En primer lugar, creo que hay algunos elementos que podíamos denominar como positivos y talvez es la comprensión sobre la naturaleza, sobre cómo es que estamos viviendo, cómo es que estamos desarrollando nuestro proyecto de vida y en este caso ha habido una toma de conciencia sobre la necesidad de protección de la madre naturaleza. Es un elemento que aquí en Colombia no todos lo están tomando en enserio, como debería ser. El otro elemento que se puede mirar, es que los gobiernos han destinado una cantidad de recursos importantes para lo que han denominado el tema de la reactivación económica, y han tenido una voluntad de apoyar iniciativas empresariales. Lamentablemente no siempre con la mejor intención de apoyar a los más desfavorecidos y bueno desde el punto de vista, también de las instituciones de educación superior, de los movimientos sociales, de las economías alternativas, de la educación, se ha venido haciendo una reflexión profunda sobre el modelo de desarrollo económico. Incluso los organismos de articulación de los estados han propuesto que la economía solidaria sería el camino para una adecuada reactivación económica, pero desde luego que también en esta materia nos han llegado muchos problemas en el caso de nuestros países de América Latina sin duda que hay una tendencia a la agudización de la pobreza.
En el caso colombiano el mismo gobierno y los datos estadísticos que nos están aportando están señalando que es muy probable que el 46% de la población de Colombia baje a un nivel de pobreza, ya teníamos una taza menor en décadas anteriores. Recientemente las estadísticas nacionales afirmaron que nosotros estaríamos oficialmente con el 22% del desempleo juvenil del cual el 31 casi el 32% del desempleo de las mujeres jóvenes, es decir de aquellas personas que están entre los 18 y 28 años de edad. Es una situación bastante dramática y que seguramente va a afectar a América latina, es una tendencia lamentable. Adicionalmente hay un elemento, bastante negativo a mi juicio, y es que las políticas públicas tienen un doble discurso, por una parte, señalan que hay que favorecer los emprendimientos populares de los movimientos sociales de las clases menos favorecidas y por otra parte también están inyectando capitales y beneficios principalmente a grandes empresarios. La idea es que que estos grandes empresarios van a irradiar, van a inundar, van a ayudar al desarrollo del país al crecimiento de la economía.
Y Finalmente, los términos de producción van a hacer insistencia en los ingresos del estado mediante reformas tributarias que van a afectar significativamente a la población, y estas reformas tributarias no son progresivas, es decir, van a afectar principalmente canastas familiares porque como he señalado anteriormente los beneficios tributarios se lo están dando los grandes empresarios porque supuestamente ellos generan respuestas favorables a la economía. Por otra parte, también en esta situación van a insistir en el extractivismo económico, es decir en generar sistemas de producción, en búsqueda de metales preciosos, en búsqueda de gas, en búsqueda de petróleo.
Todo esto está siendo difícil, y por último un tema para América Latina particularmente que no sé cómo se va a resolver, no tengo la menor idea, es el tema de la deuda externa, los países han aumentado su portafolio, su cartera de crédito con los fondos internacionales y esto es muy grave porque el pago a la deuda externa se consume los ingresos del estado de una manera significativa. Qué pasará sino se paga, pues aquí tenemos entonces un escenario bastante delicado.
Con la idea de reactivación económica, se está permitiendo que entren a territorio que era área protegida, me gustaría que nos expliques qué nos deja el extra activismo .
Bueno digamos que en América Latina hay diferentes elementos de extractivismo. Pero algo común es que extraemos para las economías globales, lo primero que se está extrayendo son metales, pero se está extrayendo también maderas, y en el caso muy preocupante en Colombia se están deforestando grandes extensiones de terreno para producción de productos que van a mercados internacionales.
En el caso del extractivismo del agua a través de los frutales, vamos a colocar por ejemplo el caso de la producción de aguacate en Chile que hay una extracción a través de esta fruta que agota el agua de Chile e impide que esta agua esté al servicio de las comunidades y vaya a terminar en los platos de Europa. También hay otros extractivismos preocupantes como la deforestación para la siembra de coca, muy preocupante porque se arrasan montañas y se pierden ecosistemas valiosos y justamente para la exportación de los alcaloides que sin duda pues son un problema no solamente para nuestro país y los países de América Latina pero principalmente también para los consumidores de Europa y de norte América, etc. Y finalmente hay unos extractivismos que son las concesiones mineras, que en buena parte por ejemplo el petróleo no está en manos de empresas nacionales si no en manos de empresas transnacionales. Y bueno, ¿a quienes beneficia eso? Cuando uno ve de cerca a estas comunidades, vamos a colocar un ejemplo clásico, en Colombia que es toda la región pacifica donde hay bastante oro de aluvión, uno ve que los lingotes de oro salen, algunos de contrabando, la reinversión por regalías que llaman, esa inversión por regalías no compensa ni los daños naturales ni la pobreza que generan en el territorio estas compañías que normalmente no son unos buenos socios en los territorios por los altos niveles de contaminación que producen.
¿Qué es la economía solidaria, crees que es posible implementarla?
Si, lo primero que hay que pensar, como señalaban algunos economistas con mucha claridad, es que estamos gestionando la economía del siglo XXI con las ideas del siglo XVIII. Es decir que estamos haciendo la encomia neoclásica con esta economía de mercado, con esta economía de competencia, con esta economía de la acumulación y con esta economía del crecimiento perpetuo, del crecimiento ilimitado. Este sistema económico no da respuestas a la humanidad, y más aún como señalan muchos economistas “si nosotros seguimos bajo el criterio de seguir aumentando la producción y llegáramos a los mejores niveles de consumo de crecimiento del consumo, necesitaríamos 4 o 5 planetas más, y no están disponibles para la humanidad”, por lo tanto, aquí hay que generar alter economías. Es decir, economías que alteren este modelo de producción, distribución, consumo y acumulación que tenemos.
Las economías circulares nos hacen pensar en la reducción y en la posibilidad de reducir al máximo los efectos de la entropía en el mundo, eso me parece muy importante, pero también tenemos la economía feminista que busca darle sentido a la economía desde una perspectiva femenina, desde una perspectiva de la ética del cuidado. También tenemos la economía co-evolucionaria que considera que todas las dinámicas económicas van de lado de la evolución, también de los sistemas ecológicos en los cuales nosotros vivimos y que no somos independientes, nosotros como seres humanos formamos parte de la naturaleza y la suerte de la naturaleza será nuestra propia suerte.
En medio de todo esto desde hace más de 200 años han surgido unos modelos que se han denominado o que se han puesto bajo el paraguas de la economía solidaria o de la economía de la solidaridad que implica un pensamiento sustantivo. Es decir, que queremos hacer una economía que tenga como principio fundante de esa economía un nuevo valor ético que es el de la solidaridad; pero la solidaridad ¿con quién?, con las personas con la naturaleza, y la solidaridad no solamente con las presentes sino con las futuras generaciones. Entonces aquí hay una solidaridad más allá, un concepto desde ética nueva que nos permite dimensionar ahora cuál es ese elemento central de la solidaridad.
Cuando hago el bien a una persona no espero una retribución, ya estoy dando, pero no estoy esperando que el me devuelva nada, pero hay una solidaridad de mutualidad donde las personas se comprometen a ayudarse mutuamente para sacar adelante un propósito económico o un propósito social o un propósito cultural, o un propósito tecnológico y ahí entonces hay un nexo entre las personas una solidaridad, una capacidad de construir “Parcería” como dicen los brasileros. A este nivel construir parcería entre las personas y entre diferentes organizaciones de carácter solidario por ejemplo las empresas comunales, las empresas comunitarias, la tierra compartida. Existen muchas empresas, las cooperativas, y aquí en Colombia los fondos de empleados y las redes de comercialización de comercio justo, los fondos comunitarios, en fin, hay muchas empresas en esta dirección, pero tienen un valor particular y hay que ponerle cuidado a cuál es ese valor. Primero que se hace una construcción colectiva de bienes comunes, que de alguna manera todas las personas que están vinculadas a un ejercicio de la economía solidaria tengan un beneficio común, pero porque trabajan en común, comparten en común, construyen propiedad común y también desde luego hacen acumulación comunitaria. Donde se supera esa capacidad, ese apetito de hacer la acumulación individual, donde se trabajar por beneficio de todas las personas que forman la organización. Otro principio de la economía solidaria es que la gestión no se hace con arreglo al capital, quien tiene más, tiene más poder; no, aquí las decisiones son más de carácter colectivo, de carácter comunitario, si se puede todo por consenso. En caso de una votación cada persona vale un voto, es decir es una organización de alta participación. Finalmente, dentro de esta economía de la solidaridad, tenemos unos principios básicos generales entre los cuales hay que destacar este amor a la naturaleza este sentir que debemos cuidar el planeta que simplemente porque la naturaleza posee derechos que nosotros debemos respetar y sino respetamos esos derechos de la naturaleza, seguramente a nosotros y a nuestros descendientes también les ira mal.
¿Conoces algunas experiencias exitosas que hayan implementado la economía solidaria?
Bueno hay varios ejemplos en todo el mundo, aquí en este territorio de las provincias del sur de Santander hemos trabajado, yo ya tengo el pelo blanco del trabajo que he realizado acá porque llegue joven. Hace más de 40 años a este territorio y me vincule a un proyecto de pastoral social, que estaba desarrollando y estaba liderado por un cooperativista el padre Ramon Gonzales Parra y bueno ahí había una propuesta de desarrollo comunitario, y teníamos lemas grandes: “hagamos de nuestro territorio un territorio solidario, y en paz” y algunos decíamos “no vamos a hacernos solamente nuestro territorio, si no vamos a hacer una nación solidaria y en paz” pues son como iluminaciones. Teníamos la idea de que había que cambiar el modelo de desarrollo que se estaba implementando en el país en ese momento hace más de 40 años, la fuente de inspiración de los gobiernos era la CEPAL que proponía que el desarrollo debería darse por polos o por ejes del desarrollo por ejes estratégicos de desarrollo por territorios estratégicos y para el caso colombiano eligieron 4 centros. Uno en la costa, otro en el centro, otro en Bogotá, y uno más en la costa pacífica. Estos centros dejaban por fuera la inmensa mayoría del territorio y la inmensa mayoría de la población. Entonces había que pensar en el desarrollo del territorio y no en la concentración del desarrollo en unas determinadas ciudades, cosa que nos ha llevado a tener un deterioro grande en América Latina, de las poblaciones que están distantes de las capitales. Es el caso, por ejemplo, de argentina que concentra gran población en Buenos Aires o de Sao Paulo o de mismo Bolivia que tiene algunas concentraciones y otros territorios abandonados, es el caso de México también. En todas partes se ve que concentrar la economía en ciudades fue un error y sigue siendo un error; entonces había que atender primero al territorio y nuestra primera estrategia precisamente consistió en eso, en tomar enserio el territorio, no somos los dueños del territorio pero mientras nosotros estemos en el territorio somos sus administradores, sus gestores y tenemos la responsabilidad de hacer una gestión democrática y ecológica, social, política y una gestión cultural de ese territorio. Tomarlo enserio significa comprenderlo, comprender su dinámica sus posibilidades para luego dar un segundo paso, todo desarrollo decente tiene que ir de abajo hacia arriba, desde las comunidades hacia los estados y no desde el Estado hacia las comunidades. Nos colocamos unas estrategias básicas que eran: 1. la educación, 2. la organización social y solidaria, 3. la comunicación, 4. comunicación como un instrumento de desarrollo y una estrategia de multi actores de invitar a muchas personas para formar, hoy les puedo decir que tenemos en funcionamiento una cooperativa en cada uno de los 53 municipios y además, en todo el territorio hay aproximadamente unas 1200 organizaciones solidarias, sociales que crean bienes comunes para la comunidad y en este territorio pudimos crear incluso una institución de educación superior: UNISANGIL. yA partir justamente de la economía de la solidaridad, hemos logrado escalar un poquito en territorio y decir aquí hay un criterio de trabajar con solidaridad, sabiendo que el desarrollo no nos llegue de afuera, el desarrollo nos debe llegar desde adentro, a los seres humanos. Sabiendo igualmente que este desarrollo no consiste en la acumulación de la riqueza ni en el aumento del consumo si no en las capacidades para que los seres humanos en sí mismos se desarrollen. Como diría Manfred Max Neef, que el desarrollo no se refiere a las cosas, si no que el desarrollo se refiere a la posibilidad de expandir la persona humana tanto individualmente como colectivamente. Entonces creo que esta es una experiencia, pero tenemos en América Latina de Sur a Norte y de Oriente a Occidente muchas experiencias de cooperativas, de mutuales, de otros tipos de organizaciones solidarias que están sin duda aportando mucho, muchísimo al desarrollo de las comunidades en las cuales ellas están viviendo.
¿Piensas que la postpandemia va a inspirar a que otras personas apuesten por este modelo? ¿O fortalecer a las que ya existen o es muy utópico quizás?
M: Hemos estado participando en conversatorios de América Latina en términos de las alter economías, también hemos realizado congresos virtuales de cooperativismo y de economía solidaria y lo que se escucha y se mueve en la red es que “es el momento”. Es la hora privilegiada para impulsar, de una manera más firme, las economías de la solidaridad, sin duda es nuestra oportunidad, porque ayudaría a que las personas puedan resolver problemas básicos fundamentales. Ahora los gobiernos y los organismos multilaterales, están invitando a desarrollar y a generar estas economías solidarias, el gobierno colombiano por ejemplo acaba de producir dos reformas a la legislación, para facilitar la generación de organizaciones solidaria eso es bueno porque facilita pero realmente dependerá en gran medida de la capacidad que tengamos lo seres humanos de cambiar nuestro individualismo, por empezar a resolver nuestros problemas de manera comunitaria, de manera colectiva. Estoy viendo que en este momento hay como dos expectativas, las cooperativas, los fondos de empleados y algunas otras empresas de economía solidaria. Creo que hay un movimiento muy importante en el sentido de recuperar los valores y principios de la cooperación como elemento fundante de nuevas economías, todas estas iniciativas, yo si creería que realmente en muy posible haya un resurgimiento de las economías de la solidaridad. Pero tenemos un problema: la normativa, los gobiernos por varias razones, entre ellas una impositiva una razón tributaria, otra razón de control, están exigiendo que las organizaciones solidarias se formalicen es decir que sigan unos parámetros legales y entonces al hacer una parametrización, muchas organizaciones no van a poder acceder a esa parametrización de la que pide el Estado y por lo tanto tampoco van a poder ser beneficiados por los recursos que el Estado provee para este tipo de cosas. Ese es un problema y no solamente en Colombia, este es un problema delicado, porque muchas organizaciones de los sectores populares muchas solidaridades se están ejecutando de manera informal pero no tiene reconocimiento del Estado. Aliento a que a veces es muy conveniente mantener esos niveles de confianza, hay un movimiento que surgió al interior de la iglesia católica, que se llama la economía de Francisco que es una economía solidaria y una economía de comunión, en estas economías crean confianzas. Construir niveles de confianza y de legitimidad que no pasan por el reconocimiento de la legalidad, este es un tema, yo lo dejo ahí planteado, pero me parece que es importante tocarlo, pero como tus señalas en tu pregunta, efectivamente yo creo y estoy convencido de que el mejor camino que tiene la humanidad para los próximos siglos es asumir con responsabilidad elementos de las economías transformadoras. En el caso mío desde las economías solidarias, porque es lo que mejor entiendo, pero cualquier economía transformadora que esté y que contradiga y que le de vuelta a este sistema capitalista perverso, es muy bueno para salir de estos atolladeros post pandémicos. Recordemos no es posible seguir con el modelo económico sin que pongamos en riesgo la existencia de la humanidad y de muchas especies vivas que habitamos este planeta.
Miguel Arturo Fajardo Rojas, licenciado en filosofía con algunas especializaciones en investigación y educación. Actualmente es director del Centro de Estudios en Economía Solidaria de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de UNISANGIL

Estas economías alternativas son una inspiración para un mundo sostenible
Texto y fotos: Ashish Kothari. Traducción: A Planeta
Este artículo se publicó originalmente con el título “A Tapestry of Alternatives” en Scientific American 324, 6, 60-69 (junio de 2021)
Para hacer las paces con la biosfera habrá que construir comunidades y relaciones centradas en la protección de la vida, tanto humana como no humana.
Nadie en su pueblo sufrió escasez de alimentos durante los confinamientos, ni sufrió el COVID-19, me aseguró Moligeri Chandramma a través de un intérprete el pasado mes de marzo. Chandramma es una agricultora de las tierras áridas del sur de la India que cultiva más de 40 especies y variedades de cultivos -sobre todo mijo, arroz, lentejas y especias- en poco más de una hectárea de terreno. Chandramma es miembro de la Sociedad de Desarrollo de Deccan (DDS), una cooperativa de casi 5.000 mujeres dalit (casta oprimida) y adivasi (indígenas) cuya notable integración de la conservación de la biodiversidad con los medios de vida agrícolas les valió el prestigioso Premio Ecuatorial de las Naciones Unidas en 2019. Saliendo de una situación de extrema desnutrición y discriminación social y de género en la década de 1980, estas agricultoras gozan ahora de soberanía alimentaria y seguridad económica. No solo están capeando la pandemia, sino que en 2020 cada familia de DDS contribuyó con unos 10 kilogramos de granos alimenticios al esfuerzo de ayuda de la región para quienes carecen de tierras y medios de vida.
Al otro lado del mundo, seis comunidades indígenas quechuas de los Andes peruanos gobiernan el Parque de la Papa en Pisac, Cusco, un paisaje montañoso que es una de las tierras originales de la patata. Protegen la región como territorio “patrimonio biocultural”, un tesoro de riquezas biológicas y culturales heredadas de los antepasados, y conservan más de 1.300 variedades de patata. Cuando la visité en 2008 con otros investigadores y activistas, me quedé atónito ante la diversidad.
“Este es el resultado de 20 años de trabajo constante en la relocalización de nuestro sistema alimentario, de una época en la que nos habíamos vuelto demasiado dependientes de organismos externos para nuestras necesidades básicas”, dijo el agricultor Mariano Sutta Apocusi a Local Futures, una organización dedicada a fortalecer las comunidades de todo el mundo, en agosto de 2020. “Centrarnos en lo local nos ha ayudado a mejorar el acceso y la asequibilidad de una gran diversidad de productos alimentarios, especialmente patatas autóctonas, quinoa, kiwicha, otros tubérculos andinos y maíz, que cultivamos con métodos agroecológicos indígenas.” Las comunidades instituyeron fuertes medidas sanitarias y de seguridad cuando la pandemia golpeó, incluso mientras recogían una cosecha abundante y distribuían más de una tonelada de patatas a los migrantes, los ancianos y un refugio para madres adolescentes maltratadas en la ciudad de Cusco.
En Europa, muchas iniciativas de “economía solidaria”, que promueven una cultura del cuidado y del compartir, entraron en acción cuando los cierres relacionados con el COVID dejaron sin trabajo a un gran número de personas. En Lisboa (Portugal), los centros sociales Disgraa y RDA69, que se esfuerzan por recrear la vida comunitaria en una situación urbana muy fragmentada, ofrecieron comida gratuita o barata a quienes la necesitaban. No sólo ofrecían comidas, sino también espacios en los que los refugiados, los sin techo, los jóvenes desempleados y otras personas que, de otro modo, habrían caído en el olvido, podían interactuar y entablar relaciones con familias más acomodadas, creando una especie de red de seguridad social. Los organizadores confiaban en que los que tuvieran medios suficientes donaran alimentos o fondos al esfuerzo, reforzando el sentimiento de comunidad en los barrios circundantes.
La pandemia ha puesto de manifiesto la fragilidad de una economía globalizada que se anuncia como beneficiosa para todos, pero que en realidad crea profundas desigualdades e inseguridades. Sólo en la India, 75 millones de personas cayeron por debajo del umbral de la pobreza en 2020; en todo el mundo, cientos de millones de personas que dependen para su supervivencia y sus medios de vida del comercio e intercambio de bienes y servicios a larga distancia se vieron gravemente afectadas. Dislocaciones similares, aunque menos extremas, aparecieron también durante la crisis financiera de 2008, cuando la especulación con los productos básicos, junto con el desvío de granos alimenticios a la producción de biocombustibles, precipitó una fuerte subida de los precios mundiales de los cereales, lo que provocó hambre y disturbios alimentarios en muchos países que dependían de los alimentos importados. Las amenazas a la supervivencia también surgen cuando las guerras u otras dislocaciones detienen la circulación de mercancías. En estas crisis, las comunidades salen mejor paradas si disponen de mercados y servicios locales y pueden abastecerse de sus propios alimentos, energía y agua, al tiempo que cuidan de los menos afortunados.

Sin embargo, el valor de estos modos de vida alternativos va mucho más allá de su capacidad de resistencia durante trastornos relativamente breves como la pandemia. Como investigador y activista medioambiental afincado en un país “en vías de desarrollo”, hace tiempo que defiendo que las visiones del mundo de los pueblos que viven cerca de la naturaleza se incorporen a las estrategias globales de protección de la vida salvaje, como en la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza y el Convenio sobre la Diversidad Biológica de las Naciones Unidas. Y en las últimas décadas he llegado a coincidir con los críticos de la globalización, como el científico social y ecologista Wolfgang Sachs, en que para defenderse de calamidades como el colapso de la biodiversidad se necesitarán no solo adaptaciones medioambientales, sino también cambios radicales en los paradigmas económicos, sociales e incluso políticos dominantes.
En 2014, algunos de nosotros en la India iniciamos un proceso para explorar los caminos hacia un mundo en el que las personas estén en paz entre sí y con la naturaleza. Cinco años más tarde (y de forma fortuita, justo antes de que se produjera la pandemia), el esfuerzo se convirtió en una red internacional online a la que llamamos el Tapiz Global de Alternativas (Global Tapestry of Alternatives). Estas conversaciones y otras investigaciones indican que las opciones viables, independientemente de dónde se encuentren, tienden a basarse en la autosuficiencia y la solidaridad.
Estos valores están en desacuerdo con la globalización, que ofrece a los habitantes del Norte Global (los más acomodados, independientemente de dónde vivamos) muchas cosas que hemos llegado a considerar esenciales. En contraste con la promesa de una riqueza material cada vez mayor que sustenta nuestra civilización, los pueblos que viven cerca o más allá de sus márgenes tienen una multitud de visiones para vivir bien, cada una adaptada a las especificidades de sus ecosistemas y culturas. Para alejarnos del borde del acantilado de la desestabilización irreversible de la biosfera, creo que debemos permitir que las estructuras alternativas, como las de los agricultores dalit, los conservadores quechuas y los voluntarios de Lisboa, florezcan y se vinculen en un tapiz que, en última instancia, cubra el globo.
Un viaje revelador
Crecer en la India, donde los estilos de vida íntimamente ligados al entorno natural sobreviven en grandes bolsas, influyó sin duda en mis ideas sobre lo que constituye la verdadera sostenibilidad. En la década de 1970, cuando era un estudiante de secundaria al que le encantaba la observación de aves en los bosques de los alrededores de Delhi, me uní a mis compañeros de clase para manifestarme ante la embajada de Arabia Saudí cuando algunos príncipes llegaron al país para cazar la avutarda india (ahora en peligro crítico). Nuestra protesta, junto con la de la comunidad Bishnoi de Rajastán, que tradicionalmente protege a estas aves y a otros animales salvajes, puso en ridículo al gobierno indio en pedir a los cazadores que volvieran a casa. Muchos de nosotros pasamos a hacer campaña para la protección del Bosque del Cresterío de Delhi, una de las mayores selvas urbanas del mundo. En 1979 formamos un grupo ecologista para sistematizar nuestros esfuerzos. Lo llamamos Kalpavriksh, por un árbol mítico que hace realidad los deseos; el nombre simbolizaba nuestra creciente conciencia de que la naturaleza nos lo da todo.
Nuestro activismo nos enseñaría al menos tanto como lo que aprendimos en la escuela y la universidad. Mientras investigábamos las fuentes de la contaminación atmosférica de Delhi, por ejemplo, entrevistamos a aldeanos que vivían alrededor de una central eléctrica de carbón a las afueras de la ciudad. Resultó que el polvo y la contaminación les afectaban mucho más que a los habitantes de la ciudad, aunque no recibían la electricidad. Los beneficios del proyecto beneficiaron sobre todo a los que ya estaban en mejor situación económica, mientras que los más desfavorecidos sufrieron la mayor parte de los perjuicios.
A finales de 1980 viajamos al Himalaya occidental para conocer a los protagonistas del emblemático movimiento Chipko. Desde 1973, las mujeres de las aldeas protegían con sus cuerpos los árboles que iban a ser talados por el departamento forestal o por empresas con sede en las llanuras indias. Los deodares que se talaban, así como los robles, rododendros y otras especies, eran sagrados, nos dijeron las mujeres, además de ser esenciales para su supervivencia. Proporcionaban forraje para el ganado, abono y alimentos silvestres y mantenían sus fuentes de agua. Incluso como estudiante urbano, pude ver el papel central que desempeñan las mujeres rurales en la protección del medio ambiente, así como la injusticia de los burócratas distantes que toman decisiones sin preocuparse por el impacto que tienen en los habitantes de la zona.

Poco después, mis amigos y yo nos enteramos de que se iban a construir 30 grandes represas en la cuenca del río Narmada, en el centro de la India. Millones de personas veneraban al Narmada como una diosa tempestuosa pero generosa, tan prístina que se cree que el Ganges la visita cada año para lavar sus pecados. Haciendo senderismo, navegando y viajando en autobús a lo largo de sus 1.300 kilómetros, nos deslumbraron las cascadas que se precipitaban en espectaculares desfiladeros, las laderas densamente boscosas repletas de vida salvaje, los campos de diversos cultivos, los prósperos pueblos y los antiguos templos, todos los cuales se ahogarían. Empezamos a cuestionar el concepto mismo de desarrollo. Seguramente la destrucción superaría con creces cualquier posible beneficio. Casi cuatro décadas después, nuestros temores han resultado ser trágicamente ciertos. Cientos de miles de personas desplazadas siguen esperando una rehabilitación adecuada, y el río aguas abajo de las presas se ha convertido en un hilillo que permite que el agua del mar llegue a 100 kilómetros tierra adentro.
A lo largo de los años he llegado a comprender cómo las poderosas fuerzas económicas se extienden por todo el mundo para vincular íntimamente la injusticia social con la destrucción ecológica. La era de la colonización y la esclavitud amplió enormemente el alcance económico y militar de algunas naciones-estado y sus corporaciones aliadas, permitiendo la extracción mundial de recursos naturales y la explotación de la mano de obra para alimentar la emergente revolución industrial en Europa y Norteamérica. Historiadores económicas, antropólogas y otros han demostrado cómo esta dolorosa historia sentó las bases de la actual economía global. Además de provocar daños ecológicos irreversibles, este sistema económico priva a muchas comunidades del acceso a los bienes comunes -ríos, praderas y bosques esenciales para su supervivencia-, al tiempo que crea una dependencia de los mercados externos. El sufrimiento masivo durante la pandemia no ha hecho más que exponer estas líneas de falla históricas y contemporáneas.
Durante mis periplos a lo largo de las décadas y especialmente mientras investigaba un libro con el economista Aseem Shrivastava, me di cuenta de una tendencia mucho más esperanzadora. En todo el país y, de hecho, en todo el mundo, cientos de movimientos sociales están empoderando a las personas marginadas para que recuperen el control de sus vidas y medios de subsistencia. En 2014, Kalpavriksh puso en marcha una serie de reuniones denominadas Vikalp Sangam, o Confluencia de Alternativas, en las que los impulsores de estos enérgicos esfuerzos podían reunirse, compartir ideas y experiencias, y colaborar, ayudando a crear una masa crítica para el cambio.
Estas interacciones y lecturas eclécticas me permitieron comprender una cuestión vital que estaba investigando: ¿Cuáles son las características esenciales de las alternativas deseables y viables? Afortunadamente, no estaba solo en esta búsqueda. En una conferencia sobre decrecimiento celebrada en Leipzig en 2014, me entusiasmó escuchar a Alberto Acosta, economista y ex político ecuatoriano, hablar sobre el buen vivir, una cosmovisión indígena basada en la buena convivencia con los demás y con el resto de la naturaleza. Aunque Acosta no hablaba inglés y yo no hablaba español, intentamos conversar con entusiasmo; posteriormente, el experto en decrecimiento Federico Demario se unió a nosotros y nos ayudó a traducir. Decidimos trabajar en una recopilación de alternativas prósperas de todo el mundo, anotando 20 posibles ideas en el reverso de un sobre. Más tarde, incorporamos al crítico de desarrollo Arturo Escobar y a la ecofeminista Ariel Salleh como coeditores de un volumen que llamamos Pluriverso. El número de entradas se amplió a más de 100.
Puntos comunes
Aunque son deslumbrantemente diversas, las alternativas que surgen en todo el mundo comparten ciertos principios básicos. El más importante es el mantenimiento o la reactivación de la gobernanza comunitaria de los bienes comunes: la tierra, los ecosistemas, las semillas, el agua y el conocimiento. En la Inglaterra del siglo XII, los poderosos empezaron a cercar, o “encerrar”, campos, prados, bosques y arroyos que hasta entonces habían sido utilizados por todas las personas. Los cercamientos realizados por terratenientes e industriales se extendieron a Europa y se aceleraron con la revolución industrial, obligando a decenas de millones de personas desposeídas a convertirse en trabajadores de fábricas o a emigrar al Nuevo Mundo, devastando las poblaciones nativas. Las naciones imperiales se apoderaron de grandes porciones de los continentes y reconfiguraron las economías de las colonias, extrayendo materias primas para las fábricas, captando mercados para la exportación de productos manufacturados y obteniendo alimentos como el trigo, el azúcar y el té para la recién creada clase trabajadora. De este modo, los colonizadores y sus aliados establecieron un sistema de dominación económica perpetua que generó el Norte Global y el Sur Global (el mundo de los marginados, vivan donde vivan).
La oleada de movimientos anticoloniales de las primeras décadas del siglo XX, muchos de ellos con éxito, hizo temer que se agotaran los suministros de materias primas para las industrias y los mercados de productos acabados de mayor valor. El presidente Harry S. Truman respondió lanzando un programa para aliviar la pobreza en lo que describió como “áreas subdesarrolladas” con sus economías “primitivas y estancadas”. Como detalla el ecologista Debal Deb, las instituciones financieras recién creadas y controladas por los países ricos ayudaron a las ex colonias a “desarrollarse” siguiendo el camino trazado por Occidente, proporcionando los materiales y las fuentes de energía para crear mercados para automóviles, refrigeradores y otros bienes de consumo. Un aspecto integral del desarrollo, tal y como se concibe, se propaga y se suele imponer mediante estrictas condiciones vinculadas a los préstamos del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, ha sido la privatización o la confiscación estatal de los bienes comunes para extraer metales, petróleo y agua.

Sin embargo, como demostró Elinor Ostrom, ganadora del Premio Nobel de Ciencias Económicas en 2009, los bienes comunes son gobernados de forma mucho más sostenible por las comunidades a las que se les arrebata que por los gobiernos o las empresas que los reclaman. Esta conciencia ha dado lugar a innumerables esfuerzos de base para proteger los bienes comunes que sobreviven y restablecer el control sobre otros. Lo que constituye los bienes comunes también se ha ampliado para incluir “recursos físicos y de conocimiento que todos compartimos en beneficio de todos”, explica la socióloga Ana Margarida Esteves, que colabora con la Asamblea Europea de los Bienes Comunes, una organización que aglutina cientos de iniciativas de este tipo.
Muchos de los esfuerzos se asemejan a la DDS y al Parque de la Papa en el uso de la gobernanza comunitaria de los recursos comunes para mejorar la agroecología (la agricultura de pequeños agricultores que mantiene el suelo, el agua y la biodiversidad) y la soberanía alimentaria (el control sobre todos los medios de producción de alimentos, incluyendo la tierra, el suelo, las semillas y el conocimiento de cómo utilizarlos). El movimiento de soberanía alimentaria La Vía Campesina, que se originó en Brasil en 1993, incluye ahora a unos 200 millones de agricultores en 81 países. Estos intentos de autosuficiencia y gobernanza comunitaria se extienden también a otras necesidades básicas, como la energía y el agua. En Costa Rica, España e Italia, las cooperativas rurales generan electricidad a nivel local y controlan su distribución desde la década de 1990. Y cientos de pueblos del oeste de la India han avanzado hacia la “democracia del agua”, basada en la recolección descentralizada del agua y la gestión comunitaria de los humedales y las aguas subterráneas. Movilizar a la gente para que sostenga, construya o reconstruya sistemas locales de conocimiento es esencial para estas empresas.
También es importante asegurar los derechos para gobernar los bienes comunes. En la Amazonia ecuatoriana, los indígenas sáparas lucharon con ahínco para obtener derechos colectivos sobre su hogar en la selva tropical. Ahora lo defienden contra los intereses petroleros y mineros, al tiempo que desarrollan un modelo de bienestar económico que combina sus cosmovisiones tradicionales -formas de conocer, ser y hacer que están física y espiritualmente vinculadas a su entorno- con nuevas actividades como el ecoturismo dirigido por la comunidad. Sus ingresos procedentes del turismo han disminuido durante la pandemia, pero sus bosques y su ética comunitaria les proporcionan casi toda la comida, el agua, la energía, la vivienda, las medicinas, el disfrute, la salud y el aprendizaje que necesitan. Ahora ofrecen sesiones en línea sobre sus cosmovisiones, análisis de sueños y curación. Yo participé en esas sesiones en persona en su campamento de ecoturismo Naku en 2019. La versión virtual no es tan inmersiva, pero no obstante representa una adaptación innovadora a las circunstancias.
Enverdecer las ciudades o hacerlas más acogedoras, como hacen los centros sociales de Lisboa, también requiere una gobernanza basada en la comunidad y economías de cuidado y de intercambio. En todo el Sur Global, los proyectos de desarrollo han llevado a cientos de millones de personas a las ciudades, donde viven en barrios marginales y trabajan en condiciones peligrosas. Los habitantes ricos de las ciudades podrían poner de su parte consumiendo menos, lo que reduciría la extracción y el vertido de residuos que desplazan a las personas a lugares lejanos. Ha surgido un abanico de vías hacia ciudades más equitativas y sostenibles. Entre ellas se encuentran, por ejemplo, el Movimiento de Transición, que intenta regenerar los bienes comunes y hacer que las ciudades europeas sean neutrales en cuanto a emisiones de carbono, y el movimiento municipalista, que está creando una red de Ciudades Sin Miedo, entre ellas Barcelona, Valparaíso, Madrid y Atenas, para proporcionar entornos seguros a los refugiados y migrantes. La agricultura urbana de La Habana suministra más de la mitad de sus necesidades de alimentos frescos y ha inspirado muchas otras iniciativas de agricultura urbana en todo el mundo.
Cinco pétalos
Estas iniciativas apuntan a la necesidad de transformaciones fundamentales en cinco ámbitos interconectados. En el ámbito económico, debemos abandonar el paradigma del desarrollo, incluida la noción de que el crecimiento económico, medido por el producto interior bruto (PIB), es el mejor medio para alcanzar los objetivos humanos. En su lugar, necesitamos sistemas que respeten los límites ecológicos, hagan hincapié en el bienestar en todas sus dimensiones y localicen los intercambios para permitir la autosuficiencia, así como buenas medidas de estos indicadores. Bután lleva mucho tiempo experimentando con la felicidad nacional bruta como índice; la idea ha dado lugar a variantes, como la reciente atención de Nueva Zelanda a la salud mental y otras medidas de progreso de este tipo.

También necesitamos liberarnos del control monetario y financiero centralizado. Se están llevando a cabo muchos experimentos con monedas y economías alternativas basadas en la confianza y los intercambios locales. Quizá el más innovador sea el “banco del tiempo”, un sistema de intercambio de servicios basado en el principio de que todas las habilidades u ocupaciones merecen el mismo respeto. Uno puede, por ejemplo, dar una clase de yoga de una hora de duración a cambio de un crédito que puede canjearse por una hora de trabajo en la reparación de bicicletas.
En muchas partes del mundo, los trabajadores buscan controlar los medios de producción: la tierra, la naturaleza, el conocimiento y las herramientas. Hace unos años visité Vio.Me, una fábrica de detergentes en Tesalónica (Grecia), que los trabajadores habían tomado y reconvertido de una producción química a otra basada en el aceite de oliva y respetuosa con el medio ambiente, y en la que habían establecido una completa paridad salarial, independientemente del trabajo que realizara el trabajador. El lema de su muro proclamaba: “¡No tenemos jefe!”
De hecho, el propio trabajo se está redefiniendo. La modernidad globalizada ha creado un abismo entre el trabajo y el ocio, por lo que esperamos desesperadamente el fin de semana. Muchos movimientos tratan de salvar esta brecha, permitiendo un mayor disfrute, creatividad y satisfacción. En los países industrializados, la gente está recuperando formas manuales de fabricar ropa, calzado o alimentos procesados bajo lemas como “¡El futuro está hecho a mano!”. En el oeste de la India, muchos jóvenes están abandonando las rutinas que matan el alma en las fábricas para volver a tejer en telares manuales, lo que les permite controlar sus horarios a la vez que les proporciona una salida creativa.
En la esfera política, la centralización del poder inherente al Estado-nación, ya sea democrático o autoritario, resta poder a muchos pueblos. La nación sápara de Ecuador y los adivasis de la India central abogan por una democracia más directa, en la que el poder resida principalmente en la comunidad. El Estado -en la medida en que siga existiendo- ayudaría entonces principalmente a la coordinación a gran escala, al tiempo que sería estrictamente responsable ante las unidades de decisión sobre el terreno. La antigua noción india de swaraj, traducida literalmente como “autogobierno”, es especialmente relevante en este caso. Hace hincapié en la autonomía y la libertad individuales y colectivas que están vinculadas a la responsabilidad por la autonomía y la libertad de los demás. Una comunidad que practica el swaraj no puede represar un arroyo, por ejemplo, si eso amenaza el suministro de agua de los pueblos situados aguas abajo; su bienestar no puede comprometer el de los demás.
Esta noción de democracia también desafía las fronteras de los estados-nación, muchos de los cuales son producto de la historia colonial y han roto áreas ecológica y culturalmente contiguas. El pueblo kurdo, por ejemplo, está dividido entre Turquía, Irán, Irak y Siria. Durante tres décadas han luchado por conseguir la autonomía y la democracia directa basada en los principios de sostenibilidad ecológica y liberación de la mujer, y sin que las fronteras los dividan. Y los grupos indígenas de México que se identifican colectivamente como zapatistas llevan más de tres décadas afirmando y sosteniendo una región autónoma basada en principios similares.
Avanzar hacia esta democracia radical sugeriría un mundo con muchas menos fronteras, tejiendo decenas de miles de comunidades relativamente autónomas y autosuficientes en un tapiz de alternativas. Estas sociedades se conectarían entre sí a través de redes “horizontales” de intercambio equitativo y respetuoso, así como a través de instituciones “verticales”, pero con responsabilidad descendente, que gestionen los procesos y las actividades en todo el territorio.
Se están llevando a cabo varios experimentos de biorregionalismo a gran escala, aunque la mayoría siguen teniendo una gobernanza un tanto descendente. En Australia, la Iniciativa de la Gran Cordillera Oriental pretende coordinar la conservación de los ecosistemas a lo largo de 3.600 kilómetros, manteniendo al mismo tiempo los medios de subsistencia y la salud de las comunidades. Y un proyecto que abarca seis países en los Andes pretende conservar como Patrimonio de la Humanidad el Qhapaq an, una red de 30.000 kilómetros de caminos construidos por el Imperio Inca, junto con su patrimonio cultural, histórico y medioambiental conexo.
El autogobierno local puede, por supuesto, ser opresivo o excluyente. Los consejos de aldea tradicionales, intensamente patriarcales y de casta, en muchas partes de la India, y los planteamientos xenófobos contra los refugiados de la derecha en Europa ilustran este inconveniente. Un tercer ámbito crucial de transformación es, por tanto, la justicia social, que abarca las luchas contra el racismo, el castismo, el patriarcado y otras formas tradicionales o modernas de discriminación y explotación. Afortunadamente, el éxito en el desafío al sistema económico dominante suele ir acompañado de victorias contra la discriminación, como la de las agricultoras dalit que se sacuden siglos de opresión de casta y patriarcado para lograr la soberanía alimentaria.
La autonomía política y la autosuficiencia económica no tienen por qué significar aislacionismo y xenofobia. Más bien, los intercambios culturales y materiales que mantienen la autosuficiencia local y respetan la sostenibilidad ecológica reemplazarían la globalización actual, que perversamente permite que los bienes y las finanzas fluyan libremente pero detiene a los seres humanos desesperados en las fronteras. Este tipo de localización estaría abierta a las personas necesitadas; los refugiados del cambio climático o de la guerra serían bienvenidos, como en la red de Ciudades sin Miedo en Europa. Tanto la práctica de base como los cambios en la política podrían ayudar a transitar hacia un sistema así. Por supuesto, son necesarios los intentos de reconstruir las sociedades en las regiones en conflicto para que la gente no tenga que huir de ellas.
El cambio radical también requiere transformaciones en una cuarta esfera: la de la cultura y el conocimiento. La globalización devalúa las lenguas, las culturas y los sistemas de conocimiento que no se adaptan al desarrollo. Varios movimientos se enfrentan a esta tendencia homogeneizadora. La nación sápara intenta resucitar su lengua casi extinguida y preservar sus conocimientos sobre la selva, incorporándolos al plan de estudios de la escuela local, por ejemplo. Muchas comunidades están “descolonizando” los mapas, recuperando sus propios topónimos y desafiando las fronteras políticas. Incluso la proyección Mercator de la época colonial, utilizada para generar el conocido mapa del mundo, está siendo puesta en tela de juicio. (Hace poco me di cuenta de que África es lo suficientemente grande como para contener a Europa, China, Estados Unidos e India juntos). Cada vez más, las ciencias tradicionales y modernas colaboran para ayudar a resolver los problemas más acuciantes de la humanidad. La Evaluación de la Biodiversidad del Ártico, por ejemplo, implica la cooperación entre los pueblos indígenas y los científicos universitarios para hacer frente al cambio climático.
Uno de los problemas es que las instituciones educativas actuales forman a graduados que están equipados para servir y perpetuar el sistema económico dominante. Sin embargo, la gente está devolviendo la comunidad y la naturaleza a los espacios de aprendizaje. Estos esfuerzos incluyen las Escuelas del Bosque en muchas partes de Europa que proporcionan a los niños un aprendizaje práctico en medio de la naturaleza, las escuelas autónomas zapatistas que enseñan sobre diversas culturas y luchas, y la Alianza de Ecoversidades de centros de enseñanza superior en todo el mundo que permiten a los académicos buscar el conocimiento a través de los límites que normalmente separan las disciplinas académicas.
Sin embargo, la esfera más importante de la transformación es la ecológica: reconocer que somos parte de la naturaleza y que otras especies son dignas de respeto por derecho propio. En todo el Sur Global, las comunidades están liderando los esfuerzos para regenerar los ecosistemas degradados y las poblaciones de vida silvestre y conservar la biodiversidad. Por ejemplo, decenas de miles de “territorios de vida” están siendo gobernados por comunidades indígenas u otras comunidades locales. Entre ellos se encuentran las zonas marinas gestionadas localmente en el Pacífico Sur, los territorios indígenas de América Latina y Australia, los bosques comunitarios del sur de Asia y los territorios de dominios ancestrales de Filipinas. También cabe destacar la reciente legislación o las sentencias judiciales de varios países que afirman que los ríos, por ejemplo, gozan de la misma protección que las personas. La Declaración de las Naciones Unidas de 2009 sobre la Armonía con la Naturaleza es un hito importante hacia ese objetivo.
Valores
A menudo me preguntan cómo se pueden ampliar las alternativas exitosas. Sin embargo, sería contraproducente intentar ampliar o replicar un DDS o un Parque de la Papa. La esencia de este enfoque es la diversidad: el reconocimiento de que cada situación es diferente. Lo que la gente puede hacer -y así es como se extienden las iniciativas de éxito- es comprender los valores subyacentes y aplicarlos en sus propias comunidades, al tiempo que se establece una red con empresas similares para extender el impacto.
El proceso Vikalp Sangam ha identificado los siguientes valores como cruciales: solidaridad, dignidad, interconexión, derechos y responsabilidades, diversidad, autonomía y libertad, autosuficiencia y autodeterminación, simplicidad, no violencia y respeto por toda la vida. En todo el mundo, las cosmovisiones antiguas y modernas centradas en la vida articulan principios similares. Los pueblos indígenas y otras comunidades locales han vivido durante siglos según cosmovisiones como el buen vivir, el swaraj, el ubuntu (una filosofía africana que considera que el bienestar de todos los seres vivos está interconectado) y muchos otros sistemas éticos de este tipo, y los están reafirmando. Simultáneamente, enfoques como el decrecimiento y el ecofeminismo han surgido desde el interior de las sociedades industriales, sembrando poderosas contraculturas.
En el centro de estas visiones del mundo se encuentra un principio simple: que todos somos poseedores de poder. Que en el ejercicio de este poder, no sólo afirmamos nuestra propia autonomía y libertad, sino que también somos responsables de garantizar la autonomía de los demás. Este swaraj se fusiona con la sostenibilidad ecológica para crear un eco-swaraj, que abarca el respeto por toda la vida.
Está claro que estas transformaciones fundamentales se enfrentan a un status quo profundamente arraigado que toma represalias violentas siempre que percibe una amenaza. Cientos de defensores del medio ambiente son asesinados cada año. Otro grave problema es el desconocimiento que tienen muchos habitantes del Norte Global de los ideales de una buena vida más allá del sueño americano. Aun así, el hecho de que muchas iniciativas progresistas estén prosperando y otras nuevas estén brotando sugiere que una combinación de resistencia y alternativas constructivas tiene una oportunidad.
La pandemia de COVID es una catástrofe que plantea a la humanidad una elección. ¿Volveremos a la antigua normalidad o adoptaremos nuevos caminos para salir de la crisis ecológica y social? Para maximizar la probabilidad de esto último, tenemos que ir mucho más allá de los enfoques del Green New Deal en Estados Unidos, Europa y otros lugares. Su intensa atención a la crisis climática y a los derechos de los trabajadores es valiosa, pero también debemos desafiar los patrones de consumo insostenibles, las desigualdades evidentes y la necesidad de estados nacionales centralizados.
Las recuperaciones verdaderamente sostenibles harían hincapié en todas las esferas del eco-swaraj, a las que se llegaría por cuatro vías. Una de ellas es la creación o reactivación de medios de vida dignos, seguros y autosuficientes para dos mil millones de personas, basados en la gobernanza colectiva de los recursos naturales y en procesos de producción a pequeña escala como la agricultura, la pesca, la artesanía, la manufactura y los servicios. Otro es un programa de regeneración y conservación de los ecosistemas, dirigido por los pueblos indígenas y las comunidades locales. Una tercera es la inversión pública inmediata en salud, educación, transporte, vivienda, energía y otras necesidades básicas, planificadas y ejecutadas por la gobernanza democrática local. Por último, son cruciales los incentivos y desincentivos para que los modelos de producción y consumo sean sostenibles. Estos enfoques integrarían la sostenibilidad, la igualdad y la diversidad, dando voz a todos, especialmente a los más marginados. Una propuesta de un millón de empleos climáticos en Sudáfrica es de esta naturaleza, al igual que un plan de recuperación feminista para Hawái y varias otras propuestas de justicia social en otros países.
Nada de esto será fácil, pero creo que es esencial si queremos hacer las paces con la Tierra y entre nosotros mismos.
-Ayuntamiento de Cádiz – Economía del Bien Común: un modelo de economía con futuro
Nota originalmente publicada en EBCCádiz
El Ayuntamiento de Cádiz en el Pleno celebrado el 30/04/2021 ha aprobado una declaración institucional de apoyo a la Economía del Bien Común por unanimidad. (VOX no está presente)
Previamente se había aprobado otra declaración por unanimidad de apoyo al mantenimiento de la planta de Airbus en Puerto Real. En defensa del empleo y de la actividad productiva existente. La primera un acto de solidaridad con trabajadores industriales de un término municipal colindante y a la defensiva. La segunda una apuesta ofensiva por la economía con futuro basada en valores de dignidad, solidaridad, justicia social, cooperación, sostenibilidad ecológica, transparencia y democracia participativa.
Esta Declaración institucional es un paso más dado por el Ayto. de Cádiz desde la anterior legislatura en la que firmó el Acuerdo de colaboración con la Asociación andaluza para el fomento de la EBC en septiembre de 2018. Ha cofinanciado dos cursos de verano de la Universidad de Cádiz sobre EBC y fue coorganizador de la Jornada de 30 de mayo de 2019, previa a la Asamblea anual de la Asociación federal de EBC celebrada en Cádiz.
Desde el grupo local (Campo de energía) de EBC Cádiz valoramos sobre todo el acto de generosidad del equipo de Gobierno del Ayto. de Cádiz y su alcalde José María González Santos (Kichi) que teniendo garantizada la mayoría en la votación, acceden a que sea una Declaración institucional para garantizar la unanimidad, dando un ejemplo de verdadero liderazgo hacia la ciudadanía en estos tiempos de crispación y polarización partidaria.
Esta unanimidad de todos los grupos municipales presentes (VOX no está) en torno a la EBC demuestra el poder atractor del Bien Común en el territorio, imprescindible para avanzar en construir el futuro mejor, posible y urgente que necesitamos toda la Humanidad. Los que jamás apoyarán la EBC son los especuladores financieros internacionales; los que contaminan y destruyen la biodiversidad; los insolidarios que atentan contra la solidaridad y cohesión social; y los antidemocráticos.
El texto firmado había sido redactado como expuesto al Pleno para solicitar el voto de los ediles, por lo que es algo extenso para una Declaración institucional.
Aquí el texto completo de la Declaración institucional de apoyo a la EBC
Os dejamos el video del pleno donde interviene nuestro compañero Fernando Moreno, Presidente de la Asociación para el fomento de la Economía del Bien Común en Andalucía, y coordinador del Campo de Energía de Cádiz.
El objetivo de las vacunas debe ser la gente, no el dinero
Originalmente publicado en project syndicate
LONDRES – Los anuncios recientes de resultados exitosos en dos ensayos clínicos de vacunas contra la COVID‑19 generan esperanzas de que un regreso a la normalidad esté cerca. Los datos preliminares de las nuevas vacunas de tipo mRNA de Pfizer/BioNTech y Moderna son muy alentadores y hacen pensar que es inminente su aprobación de emergencia. Y noticias más recientes respecto de la eficacia (aunque ligeramente menor) de una vacuna desarrollada en forma conjunta por AstraZeneca y la Universidad de Oxford también dan motivos para esperar otros avances.
En teoría, la llegada de una vacuna segura y eficaz sería el comienzo del fin de la pandemia de COVID‑19. Pero en realidad, no hemos terminado de empezar a lograr lo que realmente se necesita: una «vacuna de la gente» que se distribuya en forma equitativa y gratuita para todas las personas que la necesiten.
Por supuesto que hay que elogiar todo lo que se ha hecho para poder crear vacunas en apenas unos pocos meses. Ha sido un enorme salto tecnológico para la humanidad. Pero ese salto se hizo desde un trampolín de décadas de inversión pública a gran escala en investigación y desarrollo.
Las principales vacunas candidatas se basan en general en preparar al sistema inmunitario para detectar la «espícula» viral, una técnica que es posible gracias a años de investigación en los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos. Más en lo inmediato, BioNTech recibió 445 millones de dólares del gobierno alemán, y Moderna recibió un millón de dólares de la Coalición para las Innovaciones en Preparación para Epidemias y más de mil millones de dólares de dos organismos estadounidenses: la Autoridad para la Investigación y el Desarrollo Biomédico Avanzado y la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados de Defensa. La vacuna de AstraZeneca‑Oxford recibió más de mil millones de libras (1300 millones de dólares) de financiación pública.
Pero para que los avances tecnológicos se conviertan en Salud para Todos, es necesario que las innovaciones de creación colectiva se rijan por el interés público y no por la ganancia privada. Esto se aplica sobre todo al desarrollo, la fabricación y la distribución de vacunas en el contexto de una pandemia.
Ningún país podrá resolver esta crisis actuando solo. Por eso necesitamos vacunas al alcance gratuito de todos. Pero el sistema de innovación actual antepone los intereses de los países de altos ingresos a los del resto, y las ganancias a la salud pública.
El primer paso hacia una vacuna de la gente es garantizar la plena transparencia de los resultados de los ensayos clínicos para permitir una evaluación independiente y rápida de la seguridad y eficacia de las vacunas. La publicación de datos preliminares incompletos a través de anuncios de prensa corporativos está dirigida a los mercados financieros, no a la comunidad sanitaria, y es una práctica que sienta un mal precedente. Mientras las acciones de las farmacéuticas se valorizan, los profesionales del área de la salud y la gente se ven obligados a tratar de adivinar los resultados de las pruebas. Conforme surgen más detalles sobre defectos en el diseño y la implementación del ensayo clínico de la vacuna de AstraZeneca‑Oxford, aumentan también los pedidos de un modelo de ciencia abierta y de que los protocolos y resultados se compartan en forma inmediata.
Además, hay preguntas cruciales sobre las principales vacunas candidatas que todavía no tienen respuesta. Presiones políticas y económicas en los países de altos ingresos llevan a que las farmacéuticas estén tratando de acelerar la aprobación de sus vacunas. Por eso han diseñado sus ensayos clínicos de fase III de modo de obtener resultados positivos lo antes posible, en vez de responder preguntas importantes, por ejemplo si la vacuna previene el contagio o sólo protege contra la enfermedad. Tampoco está clara la duración de la protección; si la vacuna es igualmente eficaz en jóvenes y ancianos, o en personas con comorbilidades; y qué diferencias hay entre las principales candidatas (lo cual es esencial para el diseño de estrategias de vacunación eficaces).
Además, el proceso de distribución de las vacunas sigue dominado por los intereses nacionales (sobre todo, los de los países desarrollados). Aunque la plataforma internacional de compra y distribución COVAX es un gran avance, pierde efectividad frente a inmensos acuerdos bilaterales de compra anticipada de países ricos que pueden darse el lujo de apostar a varias vacunas. Por ejemplo, los países de altos ingresos ya compraron cerca del 80% de las dosis de las vacunas de Pfizer/BioNTech y Moderna que estén disponibles el primer año.
En resumidas cuentas, los países ricos se han apropiado 3800 millones de dosis de diferentes fabricantes, contra 3200 millones (incluidos unos 700 millones de dosis para COVAX) para el resto del mundo. Es decir, reservaron dosis suficientes para dar cobertura a sus poblaciones varias veces, con posibilidad de que las dosis restantes no alcancen para vacunar ni siquiera a los grupos más vulnerables en los demás países.
Al mismo tiempo, como la carrera por las vacunas se centra sobre todo en los mercados occidentales, algunas candidatas serían muy poco viables fuera de un país desarrollado. La de Pfizer/BioNTech hay que conservarla a menos 70 °C, una temperatura inferior a la del invierno antártico. La distribución de esta vacuna creará costosos y complejos desafíos logísticos, especialmente para los países de ingresos bajos y medios. Aunque otras candidatas (por ejemplo la de AstraZeneca‑Oxford) son estables a temperaturas más altas, es notable que el primer producto que alcanza la fase de aprobación incluya un elemento tan evidente de discriminación de mercados.
Más allá de los intereses nacionales acecha el problema de los aun más estrechos intereses privados, derivado de un modelo de innovación farmacéutica hiperfinancierizado. Ahora que la pandemia da a los inversores la posibilidad de una ganancia inesperada, la industria está ampliando el modelo de negocios para desarrollar futuras vacunas. Pero mientras los inversores aprovechan cotizaciones astronómicas y crecientes plusvalías y liquidan las acciones de una empresa el mismo día que esta anuncia resultados preliminares prometedores en un ensayo clínico, la creación de una vacuna para la gente pasa a segundo plano.
La crisis de la COVID‑19 es una ocasión perfecta para saber si en los próximos años prevalecerá un modelo de innovación y producción más orientado a la salud pública. Pfizer se aferra al modelo de maximizar el valor para los accionistas, pero AstraZeneca al menos se comprometió a no lucrar con su vacuna «durante la pandemia». Aun así, el proceso (a pesar de toda la inversión pública que hay detrás de estas innovaciones) seguirá siendo opaco, y hay motivos para dudar de que AstraZeneca realmente esté dispuesta a anteponer la salud pública a las ganancias y ofrecer su vacuna al costo.
Las últimas noticias sobre vacunas han traído esperanza, pero también han puesto de manifiesto la disfuncionalidad del modelo de negocios de la industria farmacéutica y siembran dudas sobre la posibilidad de lograr una vacuna para la gente y Salud para Todos. Aunque el «business as usual» alcance por esta vez para superar la crisis, hay una manera mejor de hacer las cosas. Antes de que llegue la próxima pandemia, tenemos que entender que las vacunas son bienes públicos comunes y empezar a reorientar el sistema de innovaciones hacia un modelo simbiótico de colaboración entre el Estado y la empresa privada que se rija por el interés público.
Traducción: Esteban Flamini
La Era del Capítal Improductivo
En su libro «La Era del Capítal Improductivo», Ladislau Dowbor ofrece claves preciosas para descifrar la metamorfosis del sistema y sus nuevas formas de dominar y concentrar riquezas. También sugiere: es posible vencerla – pero con otros métodos.
puedes descargar el libro aquíLa-era-del-capital-improductivo
La economía no tiene en cuenta el planeta en que vivimos
Artículo de Luis Meyer
originalmente publicado en etich
La académica de Oxford Kate Raworth publica Economía rosquilla, un libro con el que demuestra que la economía convencional nos ha llevado por el mal camino.
Nuevas racionalidades del mercado para otras economías
La reflexión parte de considerar que estamos ante una realidad que está “siendo totalizada” en un espacio social y simbólico en el que no parece posible que existan otras formas de concebir la reproducción de la sociedad, sino a través de la mercantilización de las relaciones y de la naturaleza (nosotros en ella), como si la sociedad misma fuera un gran mercado, percibido como un hecho social que lo abarca todo, por eso se entiende la aceptación generalizada de concebir cualquier orden económico como un abstracto de espacio “natural” donde convergen muchos individuos, como vendedores y compradores, que interactúan para lograr acuerdos implícitos en sus relacionamientos, con el propósito principal es alcanzar beneficios individuales, es decir, vínculos interesados con fines egoístas. De acuerdo con lo anterior, se entendería que mediante prácticas de intercambio mercantiles se resolverían las necesidades de lo que cada uno revela en sus preferencias y como si todos y cada uno tuviera las mismas oportunidades de participación dentro de esa lógica de relacionamiento.
Lee artículo completo en NUEVAS RACIONALIDADES DEL MERCADO PARA OTRAS ECONOMIAS
Economía Circular
La economía circular ofrece una alternativa al actual modelo de producción, basado en una cadena de valor lineal que genera residuos en todas las etapas, desde la extracción de materias primas hasta la generación de residuos, pasando por las fases de fabricación, distribución y consumo. La alternativa consiste en prolongar la vida económica útil de los materiales y los recursos tanto como sea posible, reduciendo al mínimo la generación de residuos.
Video publicado en LA ECONOMÍA CIRCULAR EN ESPAÑA (2017)